LA CALIDAD DE UN LIBRO – Eva Barro
Tengo una gran amiga, casi cuarenta años de trabajar codo con codo y luchar a brazo partido por los alumnos convirtió nuestro inicial compañerismo en una sólida amistad. Pues esta amiga, que también es gran lectora y desde que emprendí la senda literaria me sigue y me apoya, me ha pedido que hiciera una reseña “una de esas tan estupendas que tú haces”, me dijo, y me dio un librito, de unas noventa páginas como material de trabajo.
En principio, el libro como objeto pinta bien, con sus solapas, su ISBN y una sinopsis que anuncia un contenido interesante, un tanto exprimido ya pero que bien tramado podría resultar, que contrasta con la brevedad del texto, lo que aumenta mi curiosidad. Eso sí, la portada demasiado neutra y con un grabado que se encuentra por cientos en internet, no es lo que se dice llamativa, pero sobre gustos no hay nada escrito y si algo se escribiera, estaría de más.
Veintinueve capítulos y un prólogo, se ve en el índice, lo que acicatea más mi interés por empezar a leer. El prólogo y los dos o tres primeros capítulos, brevísimos, auguran una trama apasionante, difícil de desarrollar en el papel que queda; libre además el texto de incorrecciones, y no se me sorprendan ustedes que publicaciones han caído en mis manos con faltas de ortografía de pecado mortal. Me empezó a molestar el exceso de adverbios acabados en “mente” y pensé que la persona que figura como correctora se limitó a la pura técnica orto tipográfica, no al estilo, no obstante, bien podría habérselo hecho notar al autor, junto a otros modismos poco afortunados. En fin, seguí adelante sorteando “mentes” como quien aparta ramaje al avanzar por un bosque tupido. Y de repente, bostecé.
No podía creer que ante una historia que se me había prometido intensa en la contraportada, me hubiera asaltado nada menos que el aburrimiento, como cuando tenía que estudiar Geografía allá en mi lejanísima adolescencia. Comprendí que no tenía entre mis manos una obra literaria, si acaso una crónica periodística que se limitaba a informar sobre los movimientos de los personajes. Ni una descripción orientativa del ambiente, ni del carácter del protagonista, por lo menos. Los diálogos, casi ausentes e insustanciales, en algunas páginas se limitaban a un saludo. Y entre suceso y suceso, fragmentos científicos, información interesante, sí, en un libro de texto. Comprendí el bostezo.
Avanzando, me encontré con capítulos de media página en los que se condensaban trozos de argumento sin desarrollar, como extractos del capítulo que habría merecido ser. Un rosario de resúmenes, apuntes estudiantiles o notas para un proyecto. Y al final, una conclusión, sí, no decepcionante en sí misma pero explícita, como desconfiando de la capacidad del lector de obtenerla solo.
Sospecho de la inexistencia de un lector cero, buen lector, crítico y con la honradez necesaria para abrirle los ojos al autor, con la mejor intención si es amigo y con interés comercial si pertenece a la editorial. Editorial que busqué y supe que se dedica a la autoedición, es decir, que gana dinero jugando con la vanidad de los escritores noveles sin dignarse a guiarlos y, en el peor de los casos, a desengañarlos.
En resumen, como lectora me sentí decepcionada y engañada; si hubiera pagado el libro habría sentido la tentación de devolverlo, lo que no es posible, como si fuera una prenda de vestir defectuosa. Disgustada también porque tuve que darle mi opinión a mi querida amiga y temía que el autor fuera de su estima. Rehusé hacer una reseña, no es mi estilo la mordacidad, mis lectores ya saben que yo reseño para recomendar y por tanto, con la calidad por delante. Por esa razón, ni hago aquí mención al título, ni al tema ni al autor, estaría bueno. Me quedo con las ganas de darle una colleja (y no sé si sólo virtual) al editor, porque no, no todo vale.
Esta es la filosofía de nuestro proyecto Visibilidad, el Gran Reto. Un libro publicado ha de ser respetuoso con el lector, el autor ha de ser consciente de sus limitaciones y si tanta es su ansia por verse en letra impresa, ha de pedir ayuda: la corrección, imprescindible en todas sus facetas, los lectores cero, eficientes y sinceros, y la honestidad de la editorial, cuyo deber es publicar con un mínimo de garantía de no defraudar a los lectores; no olvidemos que el lector paga un producto y no volverá a comprar obras de ese autor ni de ese sello que publica cualquier cosa.
Lo malo de esta situación es que nos perjudica a todos los profesionales del mundo del libro, sobre todo, a los escritores. Aún más, de aquellos cuyo nombre aún no relumbra en las grandes plataformas.


